¿Esto es hambre o ansiedad?

Como probablemente os habréis dado cuenta, el estado de ánimo influye en la elección de los alimentos, la comida se puede convertir en el refugio más fácil y accesible. Fíjense cuando están de buen humor, nuestra alimentación es sana y adecuada, nos sentimos capaces de llevar una vida sana. En cambio, cuando nuestro estado de ánimo es negativo, puede propiciar que busquemos alivio en alimentos con un elevado contenido en grasas, azúcar y sal que suponen el mejor consuelo. La acción de comer genera en la mayoría de las ocasiones una sensación de bienestar. Asimismo, también se han relacionado alimentos como: la cafeína, el alcohol, el chocolate, alimentos que contiene trigo, aditivos y grasas saturadas en la categoría de estresantes. Mientras que: el agua, las verduras, la fruta, el aceite de pescado, los frutos secos y las semillas, los alimentos de grano entero, los ricos en fibra, los orgánicos y las proteínas bajas en grasas, proporcionan un buen estado de ánimo. Es decir, no sólo se relaciona nuestro estado de ánimo con la elección del alimento, sino que además también puede que este último influya en él.Imagen

Desde niños nos premian y nos castigan con la comida, y el cerebro registra esa información y la integra en la vida cotidiana. Muchas veces comemos para “anestesiarnos” más que para nutrirnos o alimentarnos, tanto en los momentos de euforia como los depresivos, suelen apetecer alimentos con alto contenido calórico. Una vez que los ingerimos se promueve la segregación de sustancias en los sistemas de recompensa de nuestro cerebro, esto permite que el individuo desarrolle conductas aprendidas que corresponden a hechos placenteros o de desagrado. Esta realidad cobra todavía más importancia cuando la persona decide hacer una dieta para perder peso, su refugio y elección en la comida serán alimentos por los que sienta más ansiedad (si le gusta el dulce: chocolate y bollería, si le gusta el salado: patatas fritas y embutidos).

En este caso y bajo mi pesimista punto de vista, el término dieta no estaría bien empleado, ya que “hacer dieta” es una conducta limitada en el tiempo; siempre es mejor promover un cambio de hábitos, una modificación permanente del modo de vida. El problema más común es no hacer correctamente las comidas a lo largo del día, y esto en muchas ocasiones produce ansiedad. Restringir ciertos alimentos de la dieta puede incrementar esa sensación, que a largo plazo puede desembocar en una impulsividad o atracón. El hecho de no saltarse el desayuno y comer con regularidad, son las dos estrategias clave que impulsan la salud mental.

Las dietas restrictivas que carecen de hidratos de  carbono y azúcar, nos llevan a hiperactuar de manera descompensada en acontecimientos que los categorizaríamos de usuales en condiciones de no dieta. Así como, cuando se produce un atracón de estos alimentos, se genera una descompensación hormonal, aumentando el sentimiento de culpa. La restricción de carbohidratos también fomenta el picoteo de dulces en momentos del día tranquilos como la noche.

Los trastornos de la conducta alimentaria y la obesidad son claros exponentes de patologías que tienen su base en el “comer emocional”. Por eso, el proceso de adelgazamiento debe conllevar el aprendizaje de habilidades psicológicas para no caer en la ingesta emocional y responder solo a la fisiológica sin sufrimiento, ansiedad y con calma.

Fuente: La Razón, psiconutrición.

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